Rev. Filosofía Univ. Costa Rica, LXIV (169) Mayo-Agosto 2025 / ISSN: 0034-8252 / EISSN: 2215-5589
i. Dossier 1
Ileana Rodríguez y Rocío Zamora-Sauma
Presentación
Fred Jameson: al filo de la izquierda y la hondura de los tiempos
En este número, cada ensayo ha sido escrito recordando a Fredric Jameson desde la perspectiva del presente, dominada por un cambio fenomenal que tiene al mundo en vilo: días de la ira, políticas que nos han puesto en estado de alerta. Los que conocimos a Fred, mencionamos los momentos que compartimos con él y, los que no, reflexionan sobre los textos que leyeron y contribuyeron a su formación intelectual. Sin ponernos de acuerdo, muchos de quienes contribuimos a este Dossier tocamos el tema de la utopía y nos referimos a las condiciones políticas y culturales del momento. Estamos todos frente a un cambio de época, se dice, pero no ante un cambio de paradigma, ¿o sí?
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Yo recuerdo el día en que Fred Jameson dio la presentación de su libro Marxism and Form: Twentieth Century Dialectical Theories of Literature (Princeton: Princeton University Press. 1971), que le mereció la promoción a Full Professor en la Universidad de California, en San Diego (UCSD 1967–76), todavía una universidad estatal pequeña, de cerca de dos mil estudiantes, situada en la cima de una montaña desde la cual se contemplaba el océano Pacífico. Todos nuestros seminarios gozaban de una espléndida vista a ese azul. En ese momento solo existía Revelle College dedicado a las ciencias exactas. Luego vinieron los otros, John Muir College, Third College, etc. Revelle, se decía, albergaba once premios nóveles, uno de ellos, el Prof. Linus Paulin, Premio Nobel de Química en 1954 y activista por la paz por el cual mereció en 1962 el Premio Nobel de la Paz. Jameson era en ese entonces un joven académico muy prometedor que compartía el lugar con otros famosos, como Paulin y Herbert Marcuse. Los estudiantes gozábamos del aura de su fama e íbamos a las recepciones que ofrecía a sus invitados, la pléyade de teóricos europeos establecidos, en compañía de los cuales nos sentíamos especiales, testigos de sus comportamientos informales, alegres, y contestatarios. El movimiento estudiantil contra la Guerra de Vietnam estaba en su apogeo y los jóvenes de ese entonces creíamos en el poder popular.
Recuerdo en especial una de tales recepciones para atender la visita de Paul A. Baran y Paul Sweezy, inventores del juego Monopoly Capital. En esa ocasión también estaba Darko Suvin, escritor y crítico cultural yugoeslavo dedicado a la ciencia ficción. En esa recepción-fiesta, Baran y Sweezy hablaron de una terapia a la que estaban sometidos y brincaban y saltaban desinhibidamente en un gozo total. A Fred se le ocurrió preguntarnos a mí y a mi compañera de oficina, Susan Willis, que lleváramos a Darko a conocer Tijuana. Yo no tenía ganas de ir; estaba entretenidísima viendo a los señores profesores jugar a ser niños. Susan tampoco iba emprender ese viaje y le dijo que no, que ella no estaba interesada en Darko sino en él y así empezó esa larga historia matrimonial. Contrario a las proyecciones y transferencias que los compañeros hombres experimentan con figuras paternas y de autoridad, las estudiantes mujeres no vemos en el profesor en ascenso a la fama un padre o un rival sino un objeto de seducción, tipo de poder femenino sobre lo masculino. Eran tiempos de fulgor, aprendizajes celebratorios de primera mano de manera festiva.
Después vinieron los grupos de verano que Fred organizó bajo el título de Marxist Literary Group. Eran como grandes escuelas de debate y discusión sobre el trabajo de Carlos Marx y de asuntos teóricos marxistas. Entre los asuntos que debatíamos estaba la Teoría de la Dependencia que en ese entonces hacía furor en el campo latinoamericano con sus conceptos de lumpen-burguesía, lumpen-proletariado. También se discutía a Lacan y Derrida, Gayatri Spivak era una de las académicas presentes, traductora de Derrida y pensadora de peso, a la que oí decir por primera vez en la academia la palabra vagina. Fred era una persona muy seria pero el júbilo que teníamos todos los que asistíamos al grupo era sin duda contagioso y no tengo la menor duda de que también se sumaba a nuestro entusiasmo y felicidad. En ese momento de nuestra formación, compartíamos toda la información real o ficticia sobre nuestros profesores, inventábamos historias, y el chisme era el vehículo más apto de comprensión no desligado a la teoría. No sé qué tan cierto sea la idea de que Fred pensaba que la actividad política estaba impedida por una noción ambigua e incompleta de sujeto. En nosotras, no pesaba la duda; nos sentíamos mejores que nadie y, en política, más sabias que nuestros profesores. Nosotras éramos activistas; ellos eran teóricos. El estado de bienestar que gozábamos nublaba la convulsión del mundo, que era también objeto de estudio, reflexión y acción. Bajo esas auras crecimos, tomamos nuestro propio rumbo, siempre acarreando con nosotros las bienaventuranzas de una educación formal académicamente rigurosa, acompañadas de una gentileza que es la mejor forma de pedagogía. Eso es lo que nuestra generación debe a Fred.
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Este Dossier inicia con la traducción del texto de Jameson La estética de la singularidad, publicado en la revista New Left Review en inglés y español en el año 2015. En este escrito, Jameson trabaja varias de las preocupaciones que atraviesan su producción intelectual: las relaciones entre la posmodernidad, el capitalismo tardío y la globalización con el modelo espacial del tiempo; la fragmentación; el lugar del historicismo frente al presentismo de esta época; la pregunta por la sobrevivencia de los modelos del pasado para pensar el presente; la estructura de la percepción estética o, la posición de la utopía hoy. Además, este texto propone una lectura de las transformaciones recientes del arte contemporáneo, donde desaparece la obra como objeto estable, el curador adquiere un rol protagónico y la lógica cultural se vuelve análoga a la especulación financiera. Se trata de un escrito fundamental para entender nuestro presente, al cual hacen referencia varias personas de este dossier.
Seguidamente encontramos el texto de Ileana Rodríguez, La hondura de los tiempos en sus singularidades: Utopías/Distopías. A partir del recuerdo de una visita de Fredric Jameson a Nicaragua en los años ochenta, éste fue conducido por Tomás Borge, político, guerrillero, escritor y revolucionario nicaragüense, a través de una plaza colmada de gente. Rodríguez propone que, en ciertos contextos históricos como la revolución nicaragüense, es posible experimentar la utopía, no como teoría, sino como vivencia afectiva encarnada. A pesar del aparente carácter inalcanzable de la utopía, ésta puede ser vivida como experiencia afectiva en contextos históricos, como ocurrió en la revolución nicaragüense. De hecho, como afirma Rodríguez, «la materia prima de la utopía se encuentra rizomáticamente incrustada en la interseccionalidad pasado-presente de lo social-administrativo-comercial, políticamente ideado y producido.» Desde Jameson, Rodríguez reconoce que la utopía solamente puede tener lugar en condiciones materiales e históricas precisas. Para exponer esto, también se refiere a Cien años de soledad. Aquí, lo utópico aparece gracias a la conjunción entre sincronía y diacronía. Esta conjunción desafía las estructuras narrativas de la visión lineal y progresiva del tiempo. Macondo está situado en un mundo sin tiempo y en trabajo con otras temporalidades.
A través del recuerdo de un momento compartido escuchando la canción Rapture de Blondie, John Beverley evoca la asunción jubilosa de un instante de igualdad estética y afectiva con Jameson. La sonrisa de Jameson, que aparece como un gesto de apertura, reconocimiento y complicidad, condensa esa utopía del presente. En La sonrisa de Jameson, Beverley construye una suerte de confesión afectiva e intelectual que entrelaza su memoria personal con la transferencia psicoanalítica y el homenaje político. También sale a la defensa de su maestro frente a las lecturas más críticas de su obra. Beverley sugiere que esta sonrisa, más que un símbolo de nostalgia, es un dispositivo dialéctico que permite pensar la posibilidad del pensamiento crítico incluso en la derrota. Jameson – dice – «entiende que la utopía no está en un futuro o pasado solo alcanzable a través de la imaginación […] Se descubre por un accidente que interrumpe el viaje o la cotidianidad.»
En La utopía en tiempos de barbarie: Homenaje a Fred Jameson, además de rendirle homenaje, Bruno Bosteels localiza el presente y el porvenir de sus propuestas. A su vez señala que, además de ser un colega y un maestro, Jameson ha sido para él un lector implícito. Su método, añade, seguirá ejerciendo un peso en su trabajo. Bosteels reconoce la insistencia de Jameson por buscar la dimensión utópica incluso en las formas más ideológicas y reificadas de la cultura de masas. Bosteels recuerda el argumento de Jameson según el cual incluso fenómenos como el nazismo tienen un núcleo fantasmal utópico, y que el análisis cultural debe rastrear estas huellas para comprender mejor las contradicciones del presente. En las palabras de Jameson sobre The Godfather: «la hipótesis es que las obras de la cultura de masas no pueden ser ideológicas sin ser al mismo tiempo, implícita o explícitamente, Utópicas también.» Hoy, sin duda, nos urge pensar el presente en estos tiempos de barbarie.
George García propone una lectura de Fredric Jameson que enfatiza la dimensión histórica y social de la narrativa historiográfica frente al giro lingüístico. Sostiene que la narrativa, lejos de ser una forma meramente textual o formal, consiste en una mediación socialmente simbólica que se encuentra determinada por las contradicciones históricas. A partir del concepto de ideologema, García muestra que toda forma narrativa responde a condiciones concretas de enunciación, articulada a conflictos sociales específicos. En este sentido, la historia no podría pensarse al margen de sus formas narrativas, sin embargo, estas formas deben comprenderse desde una teoría de la totalidad. En sus términos, «La historia es accesible a través de la mediación de la forma narrativa, a la vez que la narrativa es producto de la totalidad histórica; en esta medida, la historiografía no debe reducirse a sus aspectos estrictamente formales, como propuso el giro lingüístico.»
En Fredric Jameson: el imperativo crítico, Sergio Villalobos-Ruminott afirma que Jameson reconfigura las categorías clásicas del marxismo para enfrentar los desafíos del capitalismo globalizado, gracias a la «diversificación y actualización de la crítica marxista del capitalismo.» Su imperativo crítico consiste en no renunciar a la complejidad y en recuperar el potencial dialéctico de las prácticas culturales. Sostiene que la crítica tiene largo alcance aun cuando las formas de representación histórica y la imaginación política parezcan agotadas. Frente a las tendencias post-marxistas que renuncian a la totalidad, a la categoría de historia o a la imaginación utópica, Villalobos subraya que Jameson insiste en una crítica cultural materialista capaz de recomponer, aunque sea de forma tentativa, un mapa cognitivo del presente. El legado de Jameson está lejos de ser una doctrina cerrada; ella nos exige, más bien, una disposición crítica para volver a pensar la historia, la cultura y la imaginación. En las palabras de Villalobos-Ruminott, «quizás la tarea crítica más urgente hoy en día, como sostiene Jameson, no sea otra que la de volver a confeccionar una representación adecuada a nuestro tiempo.»
Finalmente, el escrito de Rocío Zamora-Sauma rinde homenaje al pensamiento de Fredric Jameson desde una lectura situada y generacional: la de quienes crecieron en el tránsito entre el fin de los grandes relatos políticos del siglo XX y la incertidumbre del presente. A partir del juicio por genocidio contra Ríos Montt en Guatemala y del testimonio de Ana de León López, el texto propone que la justicia transicional puede ser entendida como una forma de imaginación utópica, la cual no se agota en lo jurídico, sino que se expresa en el deseo de transformación, en los procesos de organización colectiva y en la producción de comunidad. Desde esa perspectiva, el testimonio se presenta como acto ético y político que activa la memoria y proyecta un horizonte común. Frente al debilitamiento del sentido histórico en la posmodernidad, el texto reivindica la utopía como una forma de resistencia que aún interpela nuestra época.